No tenemos nada en contra del próximo y flamante Secretario General de las Naciones Unidas (Secretary-General-Elect, como lo titulan las comunicaciones oficiales en inglés). En serio. No podemos dudar de sus habilidades y/o capacidades — no en balde fue una de las nominaciones más sencillas en últimas fechas en el Consejo de Seguridad, nominación que luego fue respaldada de manera unánime por la Asamblea General. El respaldo unánime de todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas no es una tarea sencilla, pero el sudcoreano lo logró casi sin esfuerzo. ¿Cuál es entonces nuestro único problema con el Sr. Ban Ki-Moon?
Que no es Kofi.
Para muchos que hemos estado observando a las Naciones Unidas por la última década (sea por los MUNs, interés en el panorama internacional, o por no tener nada mejor qué hacer), Kofi Annan es la personificación de la Organización. El diplomático de Ghana, al que no creo haber visto u oido jamás siquiera molesto, es sinónimo con el liderazgo de las Naciones Unidas. Claro está que su mandato no ha sido perfecto — los escándalos de corrupción en la Organización y la guerra en Irak son claras imperfecciones — pero aún así, es una de las asociaciones más rápidas que muchos de nosotros hacemos a la Organización. El Sr. Annan es nuestro rock star diplomático: aceptar a otro se antoja como imposible.
Esto no es un fenómeno aislado a las Naciones Unidas. Para una generación completa, es casi imposible aceptar un Papa diferente a Juan Pablo II, y las transiciones presidenciales en cualquier país pasan por un período de ajuste. Es un proceso gradual de aceptación, que toma tiempo y esfuerzo. Y con el Sr. Ban Ki-Moon pasará lo mismo: al principio habrá negación; luego lo compararemos (a veces hasta injustamente) con Kofi Annan, y en la medida que vaya progresando su mandato, lo aceptaremos por sus propios méritos.
Pero mientras tanto, seguimos siendo fans de Kofi, obviamente.